Beatriz junto a su tía Inés y su padre

Qué extraña y hermosa imagen, en la que mi tía Inés es grande y yo soy una niña pequeña leyendo cuentos ilustrados. En la que Inés se maquillaba y se hacía el copete Alf para salir de fiesta, mientras, yo me iba contenta a hacer el rosario o a la misa con mi abuela..

Lialdia.com / Beatriz Giovanna Ramírez / Finestrat, Alicante, España / 9/4/2020 – A mí me pasa lo de Stevenson “Mi memoria es magnífica para olvidar”. Olvido todo, aunque soy selectiva con mis recuerdos. Recuerdo sólo lo que se me da la gana o lo que me gusta y los detalles los voy ampliando y mejorando con los años. 

Crecí en la casa de mis abuelos, en un barrio obrero, en Bogotá. Tengo muchos recuerdos entrañables con mi abuela, siempre será mi mamá grande por todo su amor y cuidado. Mi abuela me alimentó con tanto amor que aún sigo llena de su amor, está viva dentro en mí. Y diré, sin sonrojo, que era su nieta favorita y la más consentida, esta confesión, producto de mi memoria o la nostalgia o todo junto, les dolerá a todos mis primos y a mi hermano, pero es la purita verdad. Palabra.

Mi tía Inés, la menor de mis tíos, de niña la veía como una mujer muy afortunada, todo lo que ella hacía, era perfecto. Inés tenía muchos novios, pero de eso, no podía hablar porque me pellizcaba o me mandaba a la porra. Inés era grande y bella en mis ojos, hasta en mis recuerdos la quiero. Hace un par de días, volví a verla en una videollamada, la encontré guapa y me alegró saber que en Bogotá, mis primos y su marido, están bien. Hablamos de todo un poco, de la familia, de nuestros hijos, del coronavirus, del trabajo, de su cumpleaños (!) y fue este dato, de la conversación, el que me llevó a cuestionar mis propios recuerdos sobre ella. Mi tía Inés cumplirá 50 años en octubre y yo no podía salir de mi asombro. ¿Cómo que 50? ¡¿Nos llevamos 9 años?! ¡Par favar! Por primera vez, mi tía Inés rejuveneció en mis ojos. 

Qué extraña y hermosa imagen, en la que mi tía Inés es grande y yo soy una niña pequeña leyendo cuentos ilustrados. En la que Inés se maquillaba y se hacía el copete Alf para salir de fiesta, mientras, yo me iba contenta a hacer el rosario o a la misa con mi abuela. En la que mi tía se escapaba con sus amigas, y yo era la de los mandados, mi abuela me regalaba las vueltas, esas moneditas, para comprar: panelitas, dulces y más dulces, obleas y chocorramos, en la tienda de la esquina, de un señor que se llamaba Don Víctor, en el barrio Luján. 

La autora junto a su abuela y primos

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